viernes, 8 de enero de 2010

Un ganador.

Había empezado a creer que las mujeres solamente se fijaban en hombres sin sentimientos.
Como le dijeron, una vez, que en ciertas cirugías estéticas es posible extirpar, de paso, algunos sentimientos, vendió el auto, decidido a convertirse en un ganador.
En la sala de espera, lo atendió una secretaria gordita y petisa, que sonreía todo el tiempo.

- Quiero convertirme en un ganador – le terminó confesando, solamente porque le había caído bien.
- Usted lo que quiere es convertirse en un imbécil más del montón.
- Bueno, sí, pero un imbécil con éxito.
- A mí me gustan los atardeceres.
- Mirá. A mí también.
- ¿Qué tenés que hacer a las cinco?
- Operarme. Y convertirme en un ganador.
- Dejá de decir pavadas. ¿Por qué no nos tomamos unos mates, a la orilla del río?
- ¿Con pastelitos?
- Bueno, dale, con pastelitos.

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