viernes, 27 de noviembre de 2009

Otra variante del mismo ejercicio.

Doblaje. Ejercicio para el taller de cómic.


A partir de una página de 4 segundos, el mejor cómic argentino de la década (hasta donde yo sé), hicimos un pequeño ejercicio con los chicos del taller de cómic, que llevamos adelante junto a Sebastián Mercau.
Me tomé el tiempo para hacerlo con ellos, y acá les muestro algunos resultados. Es un ejercicio muy divertido de hacer, ojalá que se disfrute al leer.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Las costumbres de otras culturas.

- ... y ella es Eliana, papá, mamá... nos vamos a casar.
- Hijo... - el padre, en secreto, preocupadísimo: - ¿Es un travesti?
- No, papá, los habitantes de su planeta asumen esa forma durante la séptima etapa del celo. En la octava, que es la última, se transforma en una criatura parecida a una planta carnívora, me absorbe, me tritura, y paso a formar parte de ella para siempre... ¿No es romántico?
- Ay, menos mal. Pensé que era un travesti.






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lunes, 16 de noviembre de 2009

Agustín.

- Papá, éste es Agustín - dijo, por fin, entre la esperanza y el terror.
- ¿Pero no ves que es un gorila?
- ¡Viva Perón, carajo! - intentó disimular Agustín, mientras, colgado de una lámpara, se comía una banana.
- ¡Papá, yo a Agustín lo amo!
- Hija, hija... pero es imposible... es... es como si yo me enamorara de un cisne...
- Múúúúuuuu – dijo la madre, que había estado comiendo pasto hasta ese momento.






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martes, 10 de noviembre de 2009

El Panchito.

- Éste es Romualdo Carlos Enrique Torres Leon Tercero, hija.
- ¿Y?
- Y es millonario.
- ¿Y?
- Y está enamorado de vos.
- Pero yo tengo novio, pa.
- ¿¿Pero vos no te das cuenta de lo que me estás diciendo??
- Claro que me doy cuenta. Yo lo quiero al Panchito. Es mi novio, mamá.
- ¡Pero hija...! ¡Romualdo Carlos Enrique es millonario, y es lindo, y...!
- Pero el Panchito es un grosso, mamá.
- ¡El Panchito ni siquiera terminó el secundario!
- ¿Y?
- Me querés matar de un disgusto. ¿Y qué tiene de grosso el Panchito?
- Qué sé yo, mamá, es mi novio. Yo lo quiero al Panchito, y punto.
- ¿¿Y vos no pensás en el futuro??
- Ay, mamá, ya va a haber tiempo...
- Hija, tenés cuarenta años... y el panchito, cuarenta y ocho... tendrían que ir pensando en...
- ¿Y para eso necesito un millonario?
- ¡¡Sí!!
- Bueno, está bien, si me caso, ¿Me dejan en paz?
- ¡Claro!
- Bueno.
- ¿Adónde vas?
- A buscar el teléfono... ahí está... ¿Hola? ¿Panchito? Sí, la Turca. Decime, Panchito... ¿te querés casar conmigo? Y sí, ahora, apenas se pueda... qué sé yo, mirá que me voy a poner a pensar en un vestido... por mí, me caso de chinelas... no, a mis viejos se les dio porque me tenía que casar, y, bueno... como a mí me da lo mismo... bueno, listo, quedamos así. El Martes. ¿No es martes trece, no? No, está bien. Bueno, Panchito, quedamos así. ¡Y comprame un regalo, ¿eh?! Bueno, bueno, chau, Panchito, chau, nos estamos viendo. Listo, mamá, papá, a ver si así se dejan de joder de una buena vez.
- ¡Pero... pero...! ¿Y Romualdo Carlos Enrique Torres Leon Tercero?
- Qué sé yo, mamá, casate vos con él, qué sé yo. Yo lo quiero al Panchito. El Panchito es un grosso.






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viernes, 6 de noviembre de 2009

El clon.

- Hija, por fin te encontramos un candidato digno de vos – sonrió el padre con orgullo.
- ¡Pero papá, sos vos cuando eras joven!
- Claro que sí, hijita mía.
- ¡Vos no aprendés más! – y salió dando un portazo. Se escucharon sus taconeos subiendo la escalera.
- ¿Y ahora qué hacemos? - preguntó el joven clon, mirando el reloj.
- Esperar. Tarde o temprano se va a dar cuenta de qué es lo mejor para ella – dijo el padre, mientras empezaba a preparar un café.





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lunes, 2 de noviembre de 2009

Costumbres I.

La primera vez que vi los pies del sodero asomando por debajo de la cama, me enfurecí. Recién empecé a calmarme cuando me di cuenta de que el resto del cuerpo no estaba.
¿Qué significa esto? - pregunté, en tono enérgico, tratando de disimular el placer que sentía al saber que no se trataba de un amante.
Yo te amo – cuando escuché esa respuesta, me empecé a derretir. No me canso de que me lo repita. La abracé, la besé, y empecé a quitarle cuidadosamente la ropa, olvidándome de los pies abajo de la cama.
El incidente quedó en el olvido, hasta que, una semana después, vi otro par de pies asomando por debajo de la cama. Me agaché, y reconocí los pies del diariero. Pero, para mi alivio, el resto del cuerpo no estaba.
Hola, mi amor, ya llegué – dije, tratando de no darle al asunto mayor importancia de la que tenía.





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