miércoles, 21 de octubre de 2009

Prófugos.

La primera vez que vi a Ernestina, estaba completamente borrosa.
La segunda vez fue dos meses después, ya me habían operado de cataratas, y ella tenía puesto un pijama a rayas rosadas. Me dijo simplemente:
- Hola, buen mozo.
- Cómo le va, ricura.
 Sé que las autoridades del geriátrico ven con malos ojos el romance, pero no alcanzo a entender por qué. Ernestina y yo empezamos a frecuentarnos, en largos partidos de naipes, en recuerdos, en algún mate a la tardecita.
Lenta, silenciosamente, fuimos preparando la fuga. Averiguamos precios de hoteles, colectivos, almuerzos.
Un mes después fingimos que íbamos a la panadería, nos tomamos un colectivo, y nos fuimos.
Tardaron casi una semana en encontrarnos.
No nos importó que llegara la policía, los gritos, la falsa preocupación, el incomprensible amor de nuestros hijos.
Atesorábamos algo más importante que eso, algo más importante que nosotros mismos.
 Cualquiera podía ver que, entre grito y grito, entre preocupaciones dudosas y alivios fingidos, hijos, parientes y enfermeros, nos miraban con una extraña mezcla de envidia y reverencia.
 Cuando nos vieron volver al geriátrico, tomados de la mano, ellos, que parecían los dueños de nuestros destinos, volvieron a ser nuestros hijos, volvieron a mirarnos, humildes, como si de repente se acordaran de que tienen mucho, todavía, mucho que aprender.

2 comentarios:

  1. muy buenos tus microcuentos Gonzalo, este me encantó

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  2. Bueno, muchas gracias, che.
    Me alegro de que te haya gustado.

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