lunes, 19 de octubre de 2009

La boda del siglo I.

Eran la pareja perfecta: él era una estrella del rock, ella una modelo con aires de futura presentadora de televisión.
La televisión, las revistas, lo anunciaron como el casamiento del año. Alguien quiso ser más, y dijo el casamiento del siglo. Ellos eran la pareja perfecta, así que nadie los contradijo.
Todo el mundo quería un pedazo de ellos: pagaban por poner propagandas en la iglesia, en el vestido de la novia, en los anillos, en la espalda del frac del padre de la novia.
En medio de toda la vorágine, se les ocurrió la idea más absurda, la única impensable: se enamoraron. Él, que en realidad era un muchachito tímido, que nunca se animaba a expresar lo que sentía, y ella, que había sido criada como un objeto, un artículo de lujo, la mejor parte del decorado, pero que en realidad estaba confundida, porque nunca había tenido tiempo de pensar en qué quería.
 Él se animó a decir que estaba nervioso, y que no sabía si quería casarse. Ella le dijo que no importaba si querían o no, que estaban obligados. Pero lo dijo con una pena infinita. Esas palabras fueron un relámpago, un destello: no sólo estaban descubriendo que el otro tenía sentimientos, sino que, además, tenían los mismos sentimientos.
 Así que, mientras los medios esperaban ansiosamente la aparición de la pareja del siglo, ellos armaron las valijas de incógnito, salieron del país, no a un paraíso tropical, como todo el mundo hubiera esperado, como los papparazzis de todo el mundo esperaron vanamente, sino a un país vecino, un país anónimo, donde fueron nada más que la cajera del supermercado y el cuidador de la cancha del Club Atlético San Rafael.
Tuvieron un perro, dos hijas, otro perro, algunos amigos, y un puñado de atardeceres que miraron juntos, abrazados, sin melancolía, sin nostalgia, sintiendo que el tiempo les pertenecía.

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