martes, 22 de septiembre de 2009

Toda una vida.

Luché toda la vida por tu amor: toda una vida.
No me importó que, durante la escuela secundaria, quemaras delante de tus amigas mis poemas de amor. Todos mis poemas de amor.
Tampoco me importó que te casaras con ese infeliz, solamente porque él tenía plata, era atractivo, inteligente, simpático, y todas esas estupideces. Yo podía esperarte.
Fue solamente un detalle que, al divorciarte, nos acercáramos, por fin, empezáramos a hablar, a reírnos, pero, a pesar de todo, prefirieras salir con todos y cada uno de mis amigos.
Cuando te casaste con Pocho, yo sabía que era algo pasajero, y seguí pensando eso después del primer hijo, del segundo, del tercero, después de los quince años que estuvieron juntos.
Yo siempre fui paciente: como todos los días, te llevo un ramo de flores; como todos los días, me atendés con una sonrisa. Como todos los días, tomamos un té, salimos a pasear con Lucas, el más chico de tus nietos. Como todos los días, lo llevo a la hamaca, lo empujo una, otra, otra vez, nos reímos, y entonces, en el momento menos pensado, el milagro se produce. Me dice:
- ¡Otra vez, abuelo! - y entonces, cuando me dice abuelo, te miro, y me encuentro con esa mirada, la misma mirada que yo esperaba ver, desde hace tanto, tanto tiempo, y nos sonreímos, y lo empujo otra vez, y nos miramos, y lo empujo otra vez...

1 comentario:

  1. Hola hola hola, probando probando probando... sí. Sí. Sssssssssssssí.

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